El Paraguas Roto
     Andrés se despertó una mañana sin abrir los ojos, con pocas ganas de salir de la cama y afrontar un nuevo cumpleaños. No lo preocupaba tanto el paso del tiempo ni tener que sumar un año más a la edad que todos le preguntarían, lo que lo abrumaba era ser el centro de atención por 24 horas. Y es extraño porque por otro lado tenía la sospecha muy profunda de que el universo entero que lo rodeaba existía únicamente para él.

     Pero en ese mundo donde actuaba de protagonista y el resto de las personas de actores secundarios, él de alguna forma era solamente un ser mediocre que no sobresalía por nada en particular y que transitaba la vida sin dejar huella o proyectar siquiera alguna sombra. Sentía que siempre llegaba tarde a todo, un niño inocente cuando los demás ya eran adolescentes, un adolescente eterno cuando alrededor solo había adultos maduros. También creía que cualquier iniciativa que desarrollara apenas si lograría alcanzar un fugaz momento de éxito, porque incluso aunque tuviera un resultado brillante no sería más que un desempeño del montón: siempre habría personas más inteligentes o más hábiles, con más dedicación o que sabían cómo los lazos sociales funcionaban y destacaban sin esfuerzo. Hasta que un día simplemente dejó de intentar.

     Era el centro de un mundo donde apenas si existía.
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