El Paraguas Roto
     Andrés se despertó una mañana sin abrir los ojos, con pocas ganas de salir de la cama y afrontar un nuevo cumpleaños. No lo preocupaba tanto el paso del tiempo ni tener que sumar un año más a la edad que todos le preguntarían, lo que lo abrumaba era ser el centro de atención por 24 horas. Y es extraño porque por otro lado tenía la sospecha muy profunda de que el universo entero que lo rodeaba existía únicamente para él.

     Pero en ese mundo donde actuaba de protagonista y el resto de las personas de actores secundarios, él de alguna forma era solamente un ser mediocre que no sobresalía por nada en particular y que transitaba la vida sin dejar huella o proyectar siquiera alguna sombra. Sentía que siempre llegaba tarde a todo, un niño inocente cuando los demás ya eran adolescentes, un adolescente eterno cuando alrededor solo había adultos maduros. También creía que cualquier iniciativa que desarrollara apenas si lograría alcanzar un fugaz momento de éxito, porque incluso aunque tuviera un resultado brillante no sería más que un desempeño del montón: siempre habría personas más inteligentes o más hábiles, con más dedicación o que sabían cómo los lazos sociales funcionaban y destacaban sin esfuerzo. Hasta que un día simplemente dejó de intentar.

     Era el centro de un mundo donde apenas si existía.
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Un Punto de Apoyo (Pasaje de Tren 4)
Hay un árbol que crece junto a la estación Belgrano C del tren Mitre. Posiblemente nació con la estación misma o al menos fue plantado en ese lugar cuando se realizó una extensión del andén (vaya uno a saber hace cuántos años), según se puede adivinar por indicios de algunos escalones que existían allí donde finalizaba anteriormente.

Este árbol siguió creciendo haciéndose más grande y grueso cada día, hasta que en determinado momento comenzó a crecer a través de la valla y encima del andén mismo formando un pliegue muy curioso, como la piel de una barriga apretada por un cinturón, en el punto donde empezó a apoyarse sobre la plataforma.

Para el árbol, esta construcción de cemento pasó con el tiempo a formar parte de sí mismo sin darse cuenta: cuando ya no hubo lugar suficiente para crecer continuó expandiéndose sobre la laja que además de contención terminó dándole una base firme que lo hacía más fuerte.
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Una Vida Mejor
Todos los días Enrique Mario Felipe Gómez seguía una misma rutina, según se podía leer con gran detalle en su diario personal, y que se repetiría una y otra vez casi sin cambios durante largos meses que parecían no avanzar (como suele suceder con la percepción del tiempo que tienen los niños).

Quique se despertaba tal vez demasiado temprano para un chico de su edad y leía su revista de textos de fantasía mientras desayunaba apenas con un té bien dulce en el cual remojaba pan duro del día anterior. Más tarde ayudaba en las tareas de la casa, incluso a preparar la comida de sus hermanos ya que sus padres salían a trabajar. Él partía hacia la escuela con tiempo de sobra (cursaba a la tarde) para poder jugar antes un rato a la pelota con sus compañeros. Al volver miraba algo de tele, hacía la tarea y consideraba que su día estaba perdido si no llegaba a terminar un dibujo de una nave espacial o a escribir una carilla entera de un cuento. A la noche se acostaba sin sueño pero mientras se dormía repasaba mentalmente algunos temas científicos que había aprendido y le resultaban apasionantes.

Ah, pero había algo más dentro de su rutina diaria, una acción tan vacía y sin sentido que no solía prestarle ninguna atención. Cada mediodía, luego de la formación en el patio de la escuela, todos los alumnos, maestros, el personal administrativo y el de mantenimiento se disponían en una fila e iban pasando uno a uno frente a la terminal de La Máquina. Todos tenían una única oportunidad cada día de activar el aparato, ya sea en su lugar de aprendizaje, o en su trabajo, o en puestos dedicados específicamente a esta tarea. Grandes y chicos, cada ciudadano con vida tenía su chance de ganar una vida mejor.
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El Monstruo
Apenas si parecía vivo. Se encontraba sentado en una silla simple sin nadie a su alrededor, vistiendo ropas hechas en una sola pieza de intenso color carmesí demasiado brillante bajo la luz que lo resaltaba inequívocamente, como si fuera necesario enfatizar: "Aquí, el Monstruo".

Estaba encadenado de pies y manos, y éstas caían inertes sobre su cuerpo. Todas las miradas del gran salón se dirigían hacia él intentando descubrir algún gesto, un mínimo indicio que les permitiera entender tanto horror. Pero su cabeza de muñeco inánime yacía inclinada sin demostrar absolutamente nada.

Nadie, entre los cientos de presentes, estaba convencido interiormente de que el juicio tuviera algún sentido. La mayoría consideraba que era muy claro lo que se debía hacer con tipos así, que todo era una pérdida de tiempo y finalmente un gasto innecesario para el Gobierno; ellos pensaban que debían dejárselo a la gente para que la justicia fuera rápida y precisa.
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Victoria del Hombre
—¿Está usted completamente seguro? ¿Son estos resultados del barrido concluyentes? ¿fueron validados exhaustivamente? —preguntó la Primer Ministro de la Tierra.

—No hay ninguna duda, Su Excelencia. Es el punto final al vastísimo trabajo comenzado luego del incidente del 2125. Por aquellos años no teníamos ningún mecanismo fiable para registrar la totalidad de los organismos orgánicos pero luego de montado nuestro proyecto se estimó una disminución de aproximadamente el 50 por ciento de las especies, y con mucho esfuerzo tanto en el proceso de detección como en el de exterminación, hoy podemos asegurar que no hay rastros de otros seres vivos remanentes.

Durante el año 2125 la Humanidad perdió de forma catastrófica el control de la naturaleza y se produjo un desequilibrio tan pronunciado que la raza entera enfrentó la posibilidad real de una completa extinción. El Hombre vio desaparecer de un día para el otro los recursos que necesitaba para su subsistencia mientras se disparaban a la par epidemias devastadoras. En aquellos tiempos fuimos vulnerables.
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El Corazón que no Late
A veces descubrimos cosas de la forma más casual, y muchas veces suele pasar que los descubrimientos suceden en una noche cualquiera de verano mientras intentamos ignorar al insomnio. Nos pasa que el sueño no llega y que con el oído pegado a la almohada nos distrae además la sangre fluyendo por la oreja, marcando la música con cada latido: BUM... BUM... BUM... También el pecho que apoyado en la cama suma el corazón mismo al ritmo golpeando una y otra vez hasta que no podemos evitar perdernos en esa cadencia, esperando que se haga cada vez más lenta mientras el cuerpo se duerme. A veces nos damos cuenta de algo inesperado, como la sorpresa del salto de un latido perdido: BUM... BUM... silencio... BUM... BUM...

Ese fue el descubrimiento que me sorprendió en una noche de verano como cualquier otra. Cuando nos pasa algo así comenzamos a estar constantemente pendientes de nuestro corazón. Llegué a notar, poco tiempo después, que durante el día experimentaba otras sensaciones, empezando con una opresión, una brusca ansiedad como el pecho cerrado y la necesidad de respirar profundamente y exhalar en un suspiro continuo sin fin, esperando que vuelva el motor interior a retumbar con furia cual si nunca antes hubiera latido.
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