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El Monstruo
Apenas si parecía vivo. Se encontraba sentado en una silla simple sin nadie a su alrededor, vistiendo ropas hechas en una sola pieza de intenso color carmesí demasiado brillante bajo la luz que lo resaltaba inequívocamente, como si fuera necesario enfatizar: "Aquí, el Monstruo".

Estaba encadenado de pies y manos, y éstas caían inertes sobre su cuerpo. Todas las miradas del gran salón se dirigían hacia él intentando descubrir algún gesto, un mínimo indicio que les permitiera entender tanto horror. Pero su cabeza de muñeco inánime yacía inclinada sin demostrar absolutamente nada.

Nadie, entre los cientos de presentes, estaba convencido interiormente de que el juicio tuviera algún sentido. La mayoría consideraba que era muy claro lo que se debía hacer con tipos así, que todo era una pérdida de tiempo y finalmente un gasto innecesario para el Gobierno; ellos pensaban que debían dejárselo a la gente para que la justicia fuera rápida y precisa.

Otros aseguraban que la muerte como castigo era demasiado buena, y su peor infierno la vida. Decían que no es nuestro derecho sino el de Dios el decidir qué hacer. En lugar de aplastar su espalda hasta quebrarlo con el peso de todo el mal del mundo, correspondía, como la única solución civilizada, encerrarlo en la compañía de su conciencia esperando que un día algo bueno germinara.

Aquellos sin dios (o aún aceptando que pudiera existir alguno), estaban desesperanzados ante la idea de que el destino del culpable fuera encontrar una pena en otra vida, pero aun así sentían que por toda sentencia era preciso alejarlo completamente y a su maldita influencia, apartar su inutilidad de la sociedad desterrando su vergüenza al olvido eterno.

Lo que absolutamente todos sabían era que cualquiera fuera la condena resuelta luego de tantas palabras dichas y escritas, ningún castigo sería nunca suficiente: no hay justicia posible en la Tierra. Tampoco la vida o la no vida, o cualquier intervención divina en cualquier plano podrían otorgar la única reparación anhelada: que el río del tiempo retrocediera aunque sea por una sola vez, que las cosas no hubiesen sucedido como lo hicieron. Pero nunca habría justicia completa. Nunca. Nunca, nunca jamás.

Pero nadie tiene la fuerza para comentar algo así tan directa y abiertamente. Admitir esto le daría demasiado poder al Monstruo, haría de él un historia negra perdurable, una pesadilla siempre presente incapaz de desaparecer. Nos dejaría en una posición de enorme vulnerabilidad, infinito desamparo. De alguna forma necesitamos cerrar la herida como sea, darle un final a algo tan doloroso que es imposible de soportar.

La obra es larga, tan larga como la historia, y los enrevesados personajes entran y salen, aparecen de la nada y se esfuman al segundo siguiente, pero hay un acto en particular en el que todos salimos a escena y participamos como si una invisible obsesión nos llamara. En ese acto vivimos la fatalidad de unos pocos siendo las víctimas todos. De repente las luces se encienden y los potentes focos resaltan el fuego de nuestras ropas rojo carmesí.

En ese momento, con gran desesperación nos llama la necesidad de ponernos de pie y rechazar vehementemente aquello que no consideramos humano, que está más allá de la naturaleza. Es nuestra obligación agitar el puño ensañándonos ferozmente con quien nació y creció, y come, respira, siente y tiene sueños y pesadillas como nosotros pero no puede ser igual, no existe la posibilidad de que sea semejante a nosotros. Necesitamos repudiarlo y gritar enfatizando que nosotros NO somos el monstruo.

No somos el Monstruo... ¡NO SOMOS EL MONSTRUO!

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