Todos los días Enrique Mario Felipe Gómez seguía una misma rutina, según se podía leer con gran detalle en su diario personal, y que se repetiría una y otra vez casi sin cambios durante largos meses que parecían no avanzar (como suele suceder con la percepción del tiempo que tienen los niños).Quique se despertaba tal vez demasiado temprano para un chico de su edad y leía su revista de textos de fantasía mientras desayunaba apenas con un té bien dulce en el cual remojaba pan duro del día anterior. Más tarde ayudaba en las tareas de la casa, incluso a preparar la comida de sus hermanos ya que sus padres salían a trabajar. Él partía hacia la escuela con tiempo de sobra (cursaba a la tarde) para poder jugar antes un rato a la pelota con sus compañeros. Al volver miraba algo de tele, hacía la tarea y consideraba que su día estaba perdido si no llegaba a terminar un dibujo de una nave espacial o a escribir una carilla entera de un cuento. A la noche se acostaba sin sueño pero mientras se dormía repasaba mentalmente algunos temas científicos que había aprendido y le resultaban apasionantes.
Ah, pero había algo más dentro de su rutina diaria, una acción tan vacía y sin sentido que no solía prestarle ninguna atención. Cada mediodía, luego de la formación en el patio de la escuela, todos los alumnos, maestros, el personal administrativo y el de mantenimiento se disponían en una fila e iban pasando uno a uno frente a la terminal de La Máquina. Todos tenían una única oportunidad cada día de activar el aparato, ya sea en su lugar de aprendizaje, o en su trabajo, o en puestos dedicados específicamente a esta tarea. Grandes y chicos, cada ciudadano con vida tenía su chance de ganar una vida mejor.
Creo que todos conocen al famoso Cubo de Rubik (o Cubo Mágico como se lo llamó por estas tierras), ese rompecabezas en forma de cubo de 3x3 piezas de colores por lado que debe resolverse rotando las distintas caras hasta que cada cara esté compuesta enteramente por el color que le corresponde.Es solamente un juego, no tiene que yo sepa ningún fondo científico o aplicable a la vida diaria, pero gente con mucha dedicación se esforzó en calcular cuál era el número mínimo de movimientos que deben realizarse para llegar a la posición correcta partiendo desde cualquier otra desordenada. Hace pocos meses se publicó la historia de que podía ser resuelto usando nada más que 20 movimientos o menos. Con poca humildad se llama a este número El Número de Dios y al método para completar este y otros acertijos, El Algoritmo de Dios.
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