El Adiós
Ya había estado antes ahí, en ese viejo y sucio bar no pasaban muchas cosas pero tenía muchos años de historia, y todo puede pasar cuando el tiempo es demasiado. No entiendo por qué te gustaba ese lugar pero te quedabas a veces horas leyendo el diario en silencio, aunque más que leer era como si revisaras las páginas buscando algo, alguna oportunidad escondida entre tantas palabras.

Llegué puntualmente pero no me esperabas a esa hora. No importa, estoy acostumbrada a que todos se sorprendan de mi puntualidad, siendo al parecer algo que ya nadie respeta. Te encontré en el fondo del local, de espaldas a la puerta como alguien que prefiere no ser molestado. Pero conocía bien tu aspecto y podía reconocerte aunque te hubieras escondido entre mil personas. Siempre supimos que terminaríamos juntos un día, de manera fugaz pero intensa.

Estabas muy indiferente y seguiste concentrado un rato más en tus asuntos. De todas formas, aunque hubieras querido ignorarme eternamente, todo llega a un final y ambos lo sabíamos bien. Había varias sillas vacías alrededor pero permanecí de pie mirándote un poco más intentando entenderte. No era tu problema sino mío, a veces me siento como si no perteneciera a este mundo, como si a pesar de todo mi empeño todos fueran siempre como extraños ante mis ojos.
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Pequeña Vida
Abril trajo un mar agitado de sentimientos que dejó una huella en el alma. Quiero escribir esto para mí, en principio, porque no quiero olvidar, no me gustaría despertarme un día y descubrir que ciertas cosas importantes pasan de largo sin dejarme una marca. Pero también quiero compartir unos momentos de la vida con tanta gente como sea posible, porque me resulta una injusticia enorme que algunas criaturas inocentes se vayan tan rápido cuando todavía tienen tanto para dar y recibir.

Esta es, para aquellos que no la consideren significativa y no estén de ánimo para seguir leyendo, la pequeña historia de una gatita que nos acompañó por un tiempo muy breve. La conocí sin querer un lunes al volver apurado del trabajo (la única forma de caminar) y verla al pasar junto a uno de sus hermanos en una jaula frente a una tienda. No le presté mayor atención hasta que una llamada de mi esposa el miércoles me avisaba que ella había caído en la tentación, adoptándola.
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Los Ángeles
El comienzo y gran parte de este escrito está compuesto de una historia real. Pero es una historia de la cual solo conozco algunos fragmentos que me llegan como resúmenes de cada nuevo capítulo que se me presenta. Y es una historia triste, tan triste que hasta siento algo de aprensión en contarla, sabiendo que no es mía. Aunque el inicio y muchas partes sean de enorme felicidad, la tristeza es muy grande y termina inevitablemente cubriéndolo todo.

Se inicia muchos septiembres atrás, cuando por esas casualidades de la vida mi hermano más cercano y yo estábamos convirtiéndonos en padres. Mi hijo nació a fines de julio y el de él a mediados de este mes, hace 12 años. En el primer capítulo de esta historia conocí a los principales protagonistas y también en circunstancias poco comunes, ya que se trataba de una joven pareja cuyo hijo, su primogénito, nació el mismo día y en el mismo lugar que mi sobrino, y desde ese momento ambas flamantes familias se hicieron amigas. Algunas veces son extrañas las razones por las que elegimos a nuestros amigos, pero creo que el principal factor es aquello que tenemos en común, y compartir tan enorme felicidad en una experiencia única y nueva para ellos fue la mejor razón posible.

La vida de esta joven familia siguió su camino como el de cada persona, con sus pequeñas y grandes cosas de todos los días, siempre ajeno a mi propio camino, con la excepción de un único día al año en el cumpleaños de mi sobrino. En esa fecha los integrantes de ambas familias se reúnen a festejar juntos año tras año, de forma que ya se convirtió en una tradición. Y es por eso que en ese único día me reencuentro con esta historia como quien abre un libro olvidado en la página que había dejado marcada, para averiguar qué sigue en el siguiente capítulo.
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