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El Ombligo del Mundo
Juan Pérez nació en un hogar simple y acogedor, sin demasiadas dificultades o preocupaciones. Según se comenta era hijo único y el orgullo de sus padres por lo que su infancia transcurrió con él como príncipe y centro de todas las atenciones, sin hermanos con quienes discutir ni pelear a los gritos. A pesar de esto Juan tuvo una buena educación, lejos de ser lo que podría llamarse un malcriado sino todo lo contrario, comportándose siempre correctamente y siguiendo las reglas al pie de la letra. Recibió continuamente amor y libertad para crecer.

Juan Pérez se desarrolló plenamente como un joven de enorme madurez y gran cultura, que canalizó su base de conocimientos formando desde temprana edad un plan de vida muy firme. Pasó largos años, aún con el apoyo de sus padres, estudiando para perfeccionarse en lo suyo, y consiguiendo luego de forma impetuosa sus primeros trabajos donde sobresalió por sus grandes méritos.

No podemos decir que las cosas fueron fáciles para Juan Pérez, puso mucho esfuerzo, casi ciegamente, en realizar su visión de la vida. Tuvo metas concretas y la decisión para llevarlas a cabo. Fue elaborando trabajosamente una a una sus convicciones, y por esta razón comenzó a pasar cada vez más tiempo defendiéndolas, seguro de que su verdad era la única verdad, el fundamento y centro de todas las cosas.

El problema de creerse el ombligo del mundo es que no nos damos cuenta de que lo creemos, y aunque nos lo digan, ignoramos o desestimamos a quien nos lo hace notar, justamente por haber tomado esa posición. Solo cuando algo nos sacude la estantería, nos mueve de nuestro lugar y nos tumba dejándonos como a un árbol caído con las raíces desnudas, es cuando al fin nos damos cuenta de que somos imperfectos, y que todo lo que dábamos por cierto era una ilusión. Nos despertamos de un sueño cómodo y feliz para descubrir que aún peor que el fin de una dulce fantasía es ver cuán diferente es el mundo realmente. Esto puede en un principio ser un desengaño tristísimo, pero cuando dejamos de ser el ombligo del mundo y abrimos los ojos para ver por primera vez la verdadera forma de las cosas, es el momento en que dejamos de ser el ermitaño de la cueva para convertirnos en ciudadanos del mundo.

Juan Pérez nunca dejó su cómodo lugar en la cueva. Hizo todo lo correcto en el momento indicado, no fue su culpa. El único error fue no haberse atrevido a equivocarse nunca en la vida, no haber jugado sus fichas por un gran amor, no haber sufrido una gran desilusión, un desengaño, no haber llorado al destino desde muy adentro para resurgir fortalecido después.

Juan Pérez murió solo llevándose sus ideas y principios a donde nadie lo acompañó. Hoy lo recuerdo por lo que pudo haber sido más que por aquello que fue. Después de todo, la historia de Juan puede ser la de cualquiera de nosotros, encerrados en nuestro ombligo.

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2 comentarios:

Fede dijo...

¡¡¡Muy bueno!!! Y fuerte, te deja pensando bastante. ¡Saludos, Gus!

sil dijo...

Muy loco pensar q muchos tuvimos años d Juan, aunqu tal vez no toda la vida...y entender q por mas señales q haya alrededor, no se despierta a la realidad mas cuando se està preparado para verla y tomarla...
no hay mas q sentir agracediciemto a no se sabe bien que cosa, nos haga de repente reaccionar, a cuanto estìmulo nos despierte a vivir realmente...
un beso


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