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El Rey en su Retiro
El Rey tenía motivos para sentirse extremadamente preocupado en esos días, ya había alcanzado una edad avanzada y los años más las continuas guerras que tuvo que conducir se notaban en su cuerpo cansado. Tiempos difíciles le habían arrancado a su esposa e hijos y había quedado solo sin descendencia. Cuando la paz al fin comenzaba a asentarse en el reino y el futuro parecía promisorio, el Rey se debilitaba rápidamente y flotaba el fantasma de la traición proveniente de fuerzas fuera y dentro de las fronteras, que podrían volver a consumir y destruir todo lo conseguido.

El viejo, sabio, líder, anticipándose a sus enemigos, comenzó a tejer los hilos de sus planes para defender el reino, manteniendo varias reuniones ultra secretas con las personas de su mayor confianza. El primer paso fue llamar al General de sus ejércitos, quien más que un amigo era un hermano para el Rey, habiéndolo acompañado en innumerables campañas y victorias, y que a su vez era muy querido por el pueblo todo, reconocido y aclamado en los desfiles triunfales al regreso a casa. El Rey le dejó una carta sellada para abrir en caso de que algo le sucediera; íntimamente era el único que sabía que le estaba dejando al General la sucesión al trono.

A continuación envió a los mejores nueve hombres de su Guardia Privada, aquellos que estaban preparados para realizar cualquier sacrificio por su rey, en una doble misión: por un lado debían viajar al extranjero, contratar nueve Mercenarios, entregarles una paga en monedas de oro y enviarlos a una dirección cerca de la frontera, donde se sospechaba que se reunirían los líderes de la conspiración; allí debían asesinar a todos los que encontraran. Por otro lado, los Guardias debían seguir a los Mercenarios sin que éstos lo supieran, asegurarse de que cumplieran con su parte, y luego era requerido que los eliminaran para borrar las huellas del plan.

El Rey luego, junto a su General, convocó por separado a siete jóvenes Oficiales en contra de los cuales tenía pruebas concretas de su participación en actos pasados de traición y en la elaboración de otros futuros. Sin desenmascararlos, les dio a cada uno órdenes de que formaran un grupo de nueve hombres, se disfrazaran para pasar desapercibidos entre la población, y los envió en direcciones distintas a puntos lejanos del reino; al llegar les sería dado un sobre con sus instrucciones. Cuando los Oficiales partieron, inmediatamente fueron reemplazados en su cargo por otros Soldados en los que el Rey confiaba.

Cuando todas las piezas fueron movidas y el juego estuvo planteado, el viejo Rey terminó sus preparativos, se despidió del General dejándolo a cargo de los asuntos inmediatos, y abandonó sus ropajes reales para vestirse como un común y no ser reconocido. Luego dejó el palacio sin que nadie lo viera, al anochecer, y viajó a esconderse en una casa secreta alejada a esperar a que los hechos se desarrollaran.

Un tiempo después, en una oscura noche sin luna, nueve hombres se movían en silencio coordinando sus acciones con débiles susurros en un idioma extranjero. Ingresaron violentamente en una vivienda en medio del bosque mientras eran vigilados a la distancia. Se retiraron, al rato, limpiando la sangre de sus espadas y huyendo rápidamente del lugar. Los Guardias Reales los emboscaron más tarde cuando los Mercenarios acamparon en un claro, y no dejaron a ninguno vivo.

Sin embargo, al llegar al cruce de caminos cerca del amanecer, los Guardias fueron sorprendidos y atacados por varios grupos de nueve hombres que parecían venir de todas las direcciones. Los soldados del Rey fueron ejecutados, cumpliendo con honor su sacrificio no sin antes vencer a un gran número de sus atacantes. Las instrucciones de los jóvenes Oficiales traidores los llevaron a ese lugar en esa fecha, y la oportunidad de acabar con la Guardia Real (y posiblemente con el Rey mismo) hicieron el resto: en esa batalla varios grupos de nueve hombres lucharon entre sí sin dejar muchos sobrevivientes; los que escaparon, y los grupos que no llegaron a tiempo a la cita, fueron luego perseguidos, condenados y ahorcados por traición.

El Rey fue hallado días después asesinado. Todo el pueblo amaba muchísimo al viejo anciano, y su desaparición a manos de un enemigo invisible fue lo que necesitaba el reino para unirse más que nunca, ponerse de pie y plantarse frente al mundo con una fortaleza jamás vista. El General lloró a su amigo pero asumió rápidamente sus responsabilidades, siendo coronado como nuevo Rey ante el clamor popular. Las instrucciones dejadas en el sobre sellado fueron cumplidas brillantemente por el nuevo líder, y el reino vivió a continuación una de las mejores épocas jamás conocidas.

Nadie nunca supo, ya que el plan fue diseñado complejamente para borrar todas las huellas, que el mismo Rey había armado su muerte jugando la partida alrededor de su propio sacrificio. Los libros de historia dirían siglos después que una conspiración entre agentes del exterior y oficiales corruptos había alcanzado y vencido en su escondite al anciano y su escolta, y nadie escribiría que los Mercenarios lo encontraron a donde él los había llevado y los esperaba en paz, habiendo dejado en orden todos sus asuntos y cumplido con lo que se esperaba del Rey en su retiro, dando la vida en el final para garantizar el bien de todos.

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