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El Adiós
Ya había estado antes ahí, en ese viejo y sucio bar no pasaban muchas cosas pero tenía muchos años de historia, y todo puede pasar cuando el tiempo es demasiado. No entiendo por qué te gustaba ese lugar pero te quedabas a veces horas leyendo el diario en silencio, aunque más que leer era como si revisaras las páginas buscando algo, alguna oportunidad escondida entre tantas palabras.

Llegué puntualmente pero no me esperabas a esa hora. No importa, estoy acostumbrada a que todos se sorprendan de mi puntualidad, siendo al parecer algo que ya nadie respeta. Te encontré en el fondo del local, de espaldas a la puerta como alguien que prefiere no ser molestado. Pero conocía bien tu aspecto y podía reconocerte aunque te hubieras escondido entre mil personas. Siempre supimos que terminaríamos juntos un día, de manera fugaz pero intensa.

Estabas muy indiferente y seguiste concentrado un rato más en tus asuntos. De todas formas, aunque hubieras querido ignorarme eternamente, todo llega a un final y ambos lo sabíamos bien. Había varias sillas vacías alrededor pero permanecí de pie mirándote un poco más intentando entenderte. No era tu problema sino mío, a veces me siento como si no perteneciera a este mundo, como si a pesar de todo mi empeño todos fueran siempre como extraños ante mis ojos.

Me incliné y susurré en tu oído "Vamos", como muchas otras veces lo he intentado, "es la hora del adiós". Pero nunca nadie me escucha.

De repente, pareció que finalmente entendiste lo que estaba pasando y el dolor invadió todo tu cuerpo. Caíste sobre la mesa volcando algunas cosas, con la cara tensa y enrojecida mientras gruesas lágrimas comenzaron a surgir de tus ojos. La mueca de tu boca quiso hablar finalmente, gritar su enojo cuando no había ya tiempo para más palabras. Te vi sufrir angustiosamente y hubiera querido que fuera posible evitarte tanto dolor, hacerlo desaparecer al menos, pero después de todo no era mi culpa que tuvieras que pasar por esa situación. Así son las reglas, y el sufrimiento tarde o temprano desaparece.

Siempre hay una excusa, y tu corazón roto fue finalmente más la causa que el efecto de la despedida. Tu soledad, el apartarte de la gente buscando ese rincón aislado hizo que te encontraran muchos minutos después, cuando ya era demasiado tarde para ayudarte. Sin embargo ya sabía yo que nada podía haberte ayudado, sino no hubiera acudido a la cita.

A veces estoy tan cansada de tantos encuentros y despedidas. Desearía llegar a conocer al hombre un poco más profundamente, desearía que me cuenten antes todas las historias que están dejando detrás en el olvido, desearía que confiaran en mí y poder explicarles mis razones, que sepan que a veces las cosas no son tan buenas o tan malas como parecen. Pero mi toque conlleva tristezas y el abandono de toda esperanza. Soy el fin y el principio. La noche. El Ángel Negro.
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