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Costumbres de Gato
Quiero comenzar esta carta diciéndote que a veces no hay palabras correctas o palabras equivocadas, ni hay siempre un culpable o errores por perdonar. Estuve pensando, intentando encontrar una causa y una respuesta, y el resultado es este montón de razones varias y sentimientos, un poco con meditada lógica pero con mucha desprolijidad, definitivamente. Habla mucho sobre mí pero un poco sobre todos.

Probablemente alguna vez habrás notado cómo la fábrica de la naturaleza nos brindó una programación básica, que nos sirve durante toda la vida para intentar sobrevivir a los diferentes peligros y problemas varios que se nos presenten, o al menos esto solía ser cierto en tiempos más simples. Los ejemplos son claros, la sed y el hambre, el sueño, primero nos avisan y después nos hacen doler si no les hacemos caso. Algunos de estos mecanismos fundamentales están tan incorporados de forma automática que no nos damos cuenta de que los estamos llevando a cabo, como respirar o pestañear. Son muy interesantes de comprobar si se tiene un gato a mano, por ejemplo arrojándolos sobre una cama (no hace falta arrojarlos por la ventana) para verificar cómo instintivamente todo su cuerpo flexible se retuerce y con ayuda de la cola, se acomoda en posición para una caída perfecta. La prueba que más me gusta es mecerlo como a un bebé y ver como siempre mantiene la cabeza inmóvil a pesar del movimiento del cuerpo. Esta es una gran habilidad, parte de un complejo mecanismo de cacería que puede verse también en gatos más grandes, con la vista constantemente fija en la presa.

Nuestro gato Lucrecio, como todos sus primos felinos, es un manojo de costumbres heredadas: ellos se la pasan ronroneando y frotándose contra nuestras piernas, y también probando las uñas en casi todo lo que se les cruce. Puedo comprobar que no son cosas que hacen únicamente los gatos acomodados, cuando veo desde el tren a otro gato negro idéntico en el andén de la estación Belgrano, acostado al sol panza arriba lavándose el pecho con la lengua. Después existen las maneras propias de cada ejemplar, algunos son completamente independientes y se escapan de la casa a la primera oportunidad, otros son apegados y cariñosos, unos inquietos, otros vagos. El que nos tocó tiene un poco de todo, y lo que más le gusta al malvado es jugar a morder y arañar, y cada vez que puede emboscar y atacar los tobillos a traición. Al ver a un gato tenemos la sensación de que son perfectos, y todo lo que hacen lo hacen bien. Lo que diferencia a estas criaturas del hombre es que están especializadas en lo suyo. El ser humano no es rival para el animal más rápido, ni es el más grande, ni el más longevo, lo que hacemos mejor es adaptarnos a cualquier circunstancia.

El hombre es un animal de costumbres, y sin embargo somos en comparación el ser vivo menos consistente y predecible. Nacemos y crecemos, y buscamos un camino propio toda la vida, pero descubriendo, a veces tarde, que la sociedad nos llevó de las narices gran parte del viaje. Creamos con tiempo y paciencia, estudio y trabajo, una imagen soñada. Llegamos a la cima sintiéndonos todopoderosos y sabios, con el conocimiento del mundo en los ojos, desafiantes. Hemos elaborado finalmente las costumbres de humano, y nos gusta ser adultos responsables y rutinarios. Los animales tienen costumbres, nosotros tenemos intereses cambiantes, sueños a cumplir, sueños olvidados, sueños compartidos, gustos adquiridos, comezón del séptimo año, hormigas en el trasero.

Al ver viejas fotos y filmaciones tenemos la certeza de que ya no somos esa persona, a veces al punto de negar lo que fuimos, otras veces queriendo recuperar lo que ya no es. Intentamos ser confiables y constantes para los demás pero solemos fallar miserablemente incluso en la fidelidad con nosotros mismos. Escribo estas palabras llenas de criterio y significado, pero lo que busco desesperadamente es una respuesta. ¿Acaso vamos cambiando mentalmente de la misma forma que nuestro cuerpo se va desgastando y envejeciendo? Quiero creer que es evolución y no desvío, que es búsqueda y no pérdida, ambición y no resignación, y que la diferencia con el gato es que tenemos tanta vida que vivir que a veces nos distraemos un poco.

Pienso ahora en nuestra historia que ya suma tantos años, no hemos vivido un romance de película pero siempre crecimos y caminamos juntos. Construímos nuestro reino de la nada, es entendible que nos haya costado piel y sangre, y tanto esfuerzo deje marcas en la frente y en los huesos. Pero, ¿por qué, vida mía, nuestro amor ya no es el mismo? ¿Somos tan distintos o el mundo nos ha tratado mal, y no sabemos como superarlo? Escribo palabras lógicas tratando de encontrar un sentido, de inferir el punto en el que perdimos el rumbo. Ya nos comportamos automáticamente, como si hubieramos sido programados de fábrica, evitamos mirarnos fijamente mientras recordamos tiempos más simples con problemas que no dolían tanto.

¡Quiero terminar esta carta con la certeza de que nos queda mucha vida para crecer! Podemos elegir seguir viviendo como humanos o imitar las costumbres de gato, siendo felices con lo que nos trae el día. Dormir en paz y sin culpas. Regresar de un enojo al rato como si nada hubiera pasado. Pasear cuando hace buen tiempo y acurrucarse con el frío y la lluvia. ¡Amar a los gritos!

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