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Pequeña Vida
Abril trajo un mar agitado de sentimientos que dejó una huella en el alma. Quiero escribir esto para mí, en principio, porque no quiero olvidar, no me gustaría despertarme un día y descubrir que ciertas cosas importantes pasan de largo sin dejarme una marca. Pero también quiero compartir unos momentos de la vida con tanta gente como sea posible, porque me resulta una injusticia enorme que algunas criaturas inocentes se vayan tan rápido cuando todavía tienen tanto para dar y recibir.

Esta es, para aquellos que no la consideren significativa y no estén de ánimo para seguir leyendo, la pequeña historia de una gatita que nos acompañó por un tiempo muy breve. La conocí sin querer un lunes al volver apurado del trabajo (la única forma de caminar) y verla al pasar junto a uno de sus hermanos en una jaula frente a una tienda. No le presté mayor atención hasta que una llamada de mi esposa el miércoles me avisaba que ella había caído en la tentación, adoptándola.

Al verla, ya no pude despegarme de ese bebé: tenía algo más de un mes de haber nacido en la calle cuando la tienda de mascotas se la llevó de al lado de su madre gata para encontrarle un hogar. Las horas juntos las pasamos conociéndonos, jugando, investigando la casa, comiendo y disfrutando la vida, la mayor parte del tiempo con ella durmiendo en mis brazos mientras intentaba no moverme para no despertarla. Nos quedaron algunas fotos que no fueron tantas como hubiera querido, siendo la confirmación de que no dejar para mañana lo que puede hacerse hoy es, a veces, la única opción. Esa noche fue fría y aunque ronroneaba contenta en mi pecho tuve que dejarla en su cucha bien abrigada con mi campera, y al otro día me fui con pena por tener que ir al trabajo, viéndola dormir feliz panza arriba.

Lo triste de la historia es que ya nunca más la vería, y toda la ilusión y felicidad que tuvimos juntos pasaron fugazmente. En la tienda de mascotas le dieron una droga para desparasitarla que resultó demasiado fuerte y su cuerpecito no pudo soportarla, durante todo el hermoso tiempo que compartimos ya estaba condenada sin remedio. Se apagó en un largo sueño del que no despertó. Solo nos quedó la bronca hacia algo que pudo haberse evitado, hacia la irresponsabilidad de algunas personas, hacia estos estúpidos actos donde es tan difícil apuntar a un culpable cuando las intenciones de todos fueron para el bien.

Cuando llegó a casa nuestro gato negro Lucrecio, no estuve al principio muy de acuerdo con el nombre elegido. La primera opción de mi hijo había sido algo así como "Señor Sánchez" o una locura similar, a lo que su madre respondió: "No, ponele un nombre como Tal, o Cual, o Lucrecio", y quedó ese nombre, así sin ninguna segunda consideración. Mi problema es que me molesta un poco nombrar las cosas a la ligera, sin pensarlo demasiado, por eso esta vez me habían dejado a mí la tarea de decidir cómo llamar a la gata. Aunque nunca fui bueno eligiendo nombres (por suerte mi hijo no lleva el par que había elegido), al menos le dedico tiempo y esfuerzo. Lamentablemente ella estuvo tan poco con nosotros que no llegué a bautizarla, pero me obligué, de todas formas, a hacer lo posible para que no pasara anónimamente por este mundo.

En las pocas horas que estuvo en casa, esa criatura mínima del tamaño de mi mano, nos mostró la síntesis de la vida condensada en unos instantes. Con más fuerza de la que yo tengo corría y exploraba los rincones de la casa, y jugaba hasta caer dormida en mis brazos. Y se despertaba de golpe, al rato, para saltar hacia el plato de comida y devorar ansiosamente como si no hubiera un mañana. Ese angelito fue pura alegría, al seguir con la vista cada movimiento, al mirar con sus ojitos curiosos fijamente mientras trepaba hacia mi cara desvergonzadamente, como si quisiera comerme o tratando de entender a ese enorme gigante antes de recostarse a dormir en su cuello. Cuando se fue pensé que no volvería a sonreír, que la alegría se había ido para siempre. Y aún hoy no estoy tan seguro.

Quienes nada entienden, aquellos que no valoran la huella que imprime la vida, se empeñan en querer justificar una mascota con alguna utilidad. Si es necesario darles una, como mínimo nos recuerdan la simpleza de la alegría, la maravilla de disfrutar el momento, la magia y el encanto de estar vivos. Con solo unos momentos de compañía, la pequeña gatita me contagió de todo esto. Por eso, después de pensarlo y revivir una y otra vez esos recuerdos, decidí nombrarla simplemente VIDA. La pequeña Vida.

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4 comentarios:

Mariela Daventini dijo...

Hermoso Gus!!! Nosotras en casa somos tres, Josefina, Gypsy (la gata que ya tiene 11 años) y yo. Interactuamos con nuestros humores, costumbres y caprichos, nos conocemos los gestos; y hasta nos contagiamos los estados de ánimo! Te podría decir que esa gatita loca es un tensiómetro, que cuando me muerde los pies, o mira de lejos desconfiada está reflejando lo que pasa adentro mío.
Se llama Gypsy porque significa "gitana", como dice la canción de U2 "your gypsy heart".
Me enamoré de ella en una vidriera de una veterinaria, cuando mi vida no tenía ningún sentido más que trabajar, intenté negarme comentando el tema entre mis colegas de trabajo (para que me disuadan de hacer semejante locura!), creo que la única que pudo interpretarme fué mi mamá; la mujer corrió a la veterinaria y compró ese bebé. Lo dejó en mi departamento como una sorpresa! Nos conocimos, nos hicimos compinches al instante! Cuando vino Josefina 2 años después fué difícil! (Gypsy se sentía relegada!), entonces, yo le daba la teta a Josefina con la gata encima de mis piernas, eramos 3 amalgamadas, eramos una sola.
Ojalá leas esto, dedicado a mi Gypsy, Gypsyland, Yiyi, Yiyina, Gypsy Papapanta y todos los nombres que le pongo a cada rato, a esa gatita loca que le pone un condimento especial a esta familia.

Cristian dijo...

Llegué a esta publicación de casualidad. La primer foto hizo que me detuviera a leer. Te felicito por la manera en que honraste a VIDA.

Dama Michi dijo...

Gus, amigo, me hiciste llorar! Te entiendo tan bien, me vinieron a la mente tantas caritas peludas que aparecieron fugazmente en mi vida y a las que a pesar del tiempo, jamás he olvidado.

Elan y Halley, la princesita, Perlita unos 10 años antes que ellos, o Eliot, que era un perrito. Gracias a los dioses son más los nombres de los que pude salvar a pesar de los reclamos de mi madre.

La última es Kita(Norte en japonés), que hace un año y medio lo siguió a mi novio en la calle y decidimos adoptarla.

Pero quedate tranquilo, que ahora ese pequeño angelito esta en un lugar mejor, seguramente agradecida de que le diste justo lo que necesitaba, amor.

Gustavo Di Salvo dijo...

@Mariela Daventini
Muchas gracias Maru! Me encantaron tus palabras. Como siempre, cada oración tuya es una historia y fuente de inspiración. Podrías escribir tu propio blog sin ningún problema. Te extraño loquita, te mando un beso enorme!

@Cristian
Muchas gracias! Es un gran honor para mí cuando alguien me lee por casualidad y le encuentra aunque sea un poquito de valor a lo que hago. Espero verte alguna otra vez por acá (podés enterarte de los posts también desde el grupo de facebook http://www.facebook.com/palabra.pensada). Todos los comentarios, incluso las críticas, son bienvenidos para mejorar este espacio.

@Dama Michi
Te agradezco muchísimo tus palabras Mitza! Voy a intentar no hacerlos llorar muy seguido, esta vez al menos era algo que no podía dejar de compartir, y parece que logré reflejar lo que me pasaba. Ya conozco de vos todo el amor que les das a tus pequeñas compañías, y por eso valoro aún más tu aliento. Gracias de nuevo!


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