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Hermosos Ojos
Uno de los recuerdos más antiguos que tengo es sobre algo que me pasó alrededor de los 3 o 4 años, definitivamente fue antes de los 5 porque a esa edad dejé la primera casa en donde viví. Esa casita de barrio supongo que no era muy grande pero la recuerdo enorme, y era más que suficiente para que un niño correteara alegremente de acá para allá. En una de esas carreras me topé con una mujer sentada en la cocina, no sé quién sería pero seguramente alguna amiga de mi madre, que me descolocó en mi atropello diciendo "¡Hola! ¡Qué hermosos ojos que tenés!".


Lo siguiente que recuerdo es haberme quedado inmóvil, como paralizado, desconcertado por la afirmación. Bajo la perspectiva de un chico inmerso en sus juegos sin control, no entraba la posibilidad de que su comentario fuera solo un cumplido o un acto habitual de simpatía, porque siendo una personita que hasta ese entonces no había reparado demasiado en sí misma o conocido en detalle sus propios ojos, tomé sus palabras como una verdad absoluta e incuestionable. Habiendo asimilado la noticia, sentí inmediatamente que era alguien especial como si me hubiera sido revelado un superpoder, y estoy seguro que aquello marcó de alguna forma el resto de mi vida.

El crecimiento mantuvo en muchos aspectos a ese niño interior, a veces para bien y otras no tanto. Pude con el tiempo darme cuenta de lo que era ser una persona única, con sus virtudes y defectos, pero intenté sin éxito entender si la imagen del espejo correspondía a alguien atractivo para los demás. Supe encontrar lo que me parecía bello en la gente que me rodeaba, pero sobre mí nunca pude estar seguro de cuáles atributos físicos (si contaba con alguno) eran sobresalientes o siquiera admirables. Al menos sabía, por haberlo aprendido de muy joven, que mis ojos eran algo hermoso, tal vez mi posesión más preciada.

La cosa no terminó ahí, porque conociendo mi mejor característica decidí fortalecerla como si mi mirada fuera un músculo a mejorar con un uso continuo, agradecido por este inmenso regalo mientras leía infinidad de libros o descubría el mundo a través de los ojos. La vista se convirtió en mi principal herramienta, el sentido mejor desarrollado y preferido al interactuar con la gente cercana. Crecí siendo una esponja del conocimiento, convencido de que la madurez intelectual llegaría primero aprendiendo (viendo y escuchando) antes que hablando. "Ya habrá tiempo para las palabras", repetía como frase de cabecera un adolescente silencioso y observador.

Pero con el paso de los años la timidez se abrió paso, victoriosa, en la justificación de tanto retraimiento perseguido en exceso. Además sumado que entonces comencé a sentir que el poder de la mirada ya no era mío sino de los otros: no podía mantener una conversación con la vista fija en la otra persona, porque sus ojos me distraían enormemente de lo hablado; también sufrí por demás incontables veces cuando solo una mirada lograba inquietarme y hacerme temblar. En ocasiones en que me enojaba (y me enojo) furiosamente con alguien, ya no podía volver a verlo directamente como si el contacto visual fuera un lazo roto imposible de reparar. Y el tiempo de las palabras nunca llegó, la herramienta que tanto había perfeccionado tuvo un éxito limitado, pero al final me acompañó en mi soledad muda.

Creo que lo que alguna vez fue un poder ahora incluso se volvió una maldición porque, cuando la inocencia de una mirada de niño se termina, la gente se siente desnuda, expuesta ante una contemplación profunda que no puede entender. Los ojos brillantes y puros que buscaban amor o aceptación en los otros, parecen haberse transformado en un horrible inquisidor que dispara dardos hirientes. Pero si los ojos son el espejo del alma, ¿tanto miedo tenemos de lo que podemos encontrar en el interior de las personas?

Posiblemente la vida nos maltrató demasiado y nos hizo desconfiados como primer impulso, precavidos con o sin razón, alejándonos de las oportunidades de conocer algo o a alguien nuevo y separándonos de a poco de todo lo que nos queda, hasta hacernos olvidar que cada persona que nace trae consigo un superpoder oculto, muchas veces unos hermosos ojos de niño que no se cansarán de buscar simpatía en las otras miradas.
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