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El Partido Infinito
Otra vez salir a la cancha, una pausa breve en el túnel y nacer de nuevo bajo la luz del sol que encandila, entre el estruendo de aplausos y gritos del público. No puedo entender que sigan tan entusiasmados, apoyándonos todavía en este quinto día consecutivo de juego. Si ellos no están hartos aún, no me puedo permitir sentir este cansancio. Hoy es el día, definitivamente quiero de cualquier forma acabar con esta tortura.

Estoy en el descanso previo a la reanudación del partido. El score está igualado en 210 games cada uno en el último set sin tie-break. Creo que estamos cerca de las 30 horas de juego, no quiero ni mirar el reloj. ¿Cómo llegamos a esta situación? Parecía en un principio que iba a ser una jornada normal, un encuentro posiblemente muy peleado pero que duraría unas 4 horas como mucho. Hubiera ganado y estaría feliz o me hubieran eliminado y estaría desconsolado pero la cena en el hotel hubiera sido la misma, acompañada con la certeza de que las reglas se cumplen: todo tiene un principio y un fin.

Mi entrenador ya me había advertido, y la prensa se encargó de remarcar al cubrir largamente la experiencia de mi rival, que este jugador era muy similar a mí. Más que eso, era mi negra sombra acechándome y desafiándome desde el otro lado de la red. Había quedado claro que nuestras tácticas eran las mismas, que los movimientos eran el reflejo de un espejo. Pero iba más allá todavía, porque cuando uno de los dos decidía arriesgar con un cambio sorprendente o probar un golpe desacostumbrado en nuestro juego, el otro parecía intuir el salto en la canción y reaccionaba rápidamente para contrarrestarlo. Siento miedo cuando me doy cuenta de que es como si leyera mi mente, aunque sé que él también siente lo mismo.

Obviamente, si llegamos a un quinto set en estas condiciones, es porque a pesar de todo sí podemos aventajarnos mutuamente por momentos, se juegan puntos muy parejos pero que finalmente uno de los dos gana. Incluso cada uno logró quebrar el saque del otro muchas veces, pero el resultado general sigue siendo ajustado. Creo que conseguimos diferencias entre nosotros más que nada en base a los errores que ambos cometemos y no tanto gracias a los aciertos. El azar de un cálculo o de algún movimiento equivocado que lleva a una pelota a salir un poco fuera de los límites de la cancha y solo eso, no nos sacamos ventajas por méritos sino por tropiezos.

Sería fácil abandonarlo todo y escapar mirando al suelo, pero no me puedo permitir ser vencido por mi propio ser, echar todo a perder ahora. Es algo que queda fuera de la discusión y debo eliminar de la mente de inmediato. Mi única motivación cuando busco en mis rincones un poco más de fuerza para seguir, es el convencimiento de que ese azar puede ser forzado, puede ser atraído, capturado, domado y sometido para obligarlo a cumplir con nuestras órdenes. Me mueve el fuego de saber que nada está definido hasta que la última bola del juego se haya jugado, y señale la gloria de uno y la derrota del otro. Hoy me propuse terminar con esta historia sea como sea...

¿Cómo podemos competir y superarnos a nosotros mismos? Siempre fui muy crítico al revisar mi pasado, como si aquello hubiera sido vivido por otra persona distinta, que a veces me sorprende con logros tales que hoy no creo estar capacitado para cumplir, pero en general lo veo como un extraño tonto, disperso, que hizo todo mal cuando se requería hacer las cosas bien. No debería ser muy difícil, entonces, focalizarme ya en identificar mis errores en el momento en que están sucediendo.

Creo que puedo ganar este partido. No solo creo: estoy convencido ahora. Me preocupa, sin embargo, una idea creciente que me dice que tal vez este juego no sea el último juego, sino uno más de una larga serie de encuentros. Posiblemente una infinita cadena de pequeñas grandes batallas donde el rival es mi propia sombra.
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