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Hoy Sin Clases
Cuando cursábamos uno de los últimos años de la escuela secundaria se había vuelto casi costumbre que tuviéramos que evacuar el colegio por amenaza de bomba. A esa edad uno no presta demasiada atención a las noticias sobre los problemas del país, ni arrastra un conocimiento de la historia reciente como para entender del todo por qué pasan las cosas. En esos primeros tiempos de la vuelta a la democracia tanto las viejas como las nuevas ideas políticas y sociales chocaban al amparo de una recuperada libertad de expresión donde toda manifestación parecía válida ante el menor conflicto. El tema de las amenazas era un extremo absurdo, aunque sabíamos perfectamente que la mayoría (sino todas) eran llamadas telefónicas de alumnos que buscaban un día libre de clases.

Un día, uno de los profesores con el cual teníamos más confianza y simpatía nos hizo una observación que me quedó grabada, palabras más, palabras menos: "Ustedes pueden estar contentos ahora por tener en el colegio tantas horas y días libres, pero tengan cuidado porque lo que disfrutan hoy lo pueden pagar en el futuro. El día de mañana cuando vayan a buscar trabajo, en las empresas van a revisar su curriculum y van a pensar: '¡Ah!, ¡este es de la promoción 1987, de esos que completaron la secundaria casi sin ir a clases!', y eso va a pesar cuando decidan a quién contratar".

Viéndolo a la distancia me doy cuenta de que no funciona así en la realidad. Hasta donde sé ya no hay casi amenazas a los colegios, pero entre paros docentes, tomas de colegios, estudiantes cortando calles y demás, a nadie le extraña ni nadie recuerda si los ciclos lectivos no se completan como fueron planificados, y a la hora de evaluar si alguna generación de alumnos fue más o menos problemática los consideran a todos iguales dentro de la misma bolsa, en general para mal. Nos acostumbramos a tener egresados que no aprendieron nada constructivo en los años de su crecimiento, y lo que más pesa en una carrera son las referencias laborales que se van acumulando con la experiencia.

¿Por qué se me ocurre reflexionar ahora sobre esto? Cada vez que se habla de chicos que pierden clases no puedo dejar de pensar en aquel profesor que se preocupaba por nosotros aunque tal vez tuviera razón a medias. Si el título secundario es tan importante para obtener un trabajo mejor al punto de que muchas personas deciden retomar el estudio años después de abandonar el colegio, pero por otro lado sabemos (y en las empresas saben) que los adolescentes aprenden poco en esa etapa, y que los programas no cubren la información requerida para su futura carrera laboral, ¿qué es lo que realmente se valora en los egresados que salen al mundo?

Entiendo que la respuesta es, o debería ser, el compromiso personal, la firme voluntad de dedicarse enteramente a la tarea que encaramos. Cuando cursamos los años de estudio se espera que estudiemos, y cuando comenzamos un trabajo se espera que trabajemos, y si perdemos días de clases por las razones que sean, es de suponer que luego perderemos días de trabajo también por las razones que sean. Creo que a eso se refería mi viejo profesor. Pero la idea va más allá, porque bien podemos renegar de las empresas diciendo que son esclavistas que nos controlan pensando únicamente en el dinero. Es indistinto: si somos irresponsables no importa quién nos controle o exija resultados, ya que al final de cuentas deberemos responder ante nosotros mismos.

Esta conclusión es la que no vi hace tanto tiempo cuando escuchaba aquellas palabras. Podría decirse que el profe Mendoza del colegio de Vicente López fue como un profeta que había visto mucho más lejos de su presente. No nos habló entonces acerca de un grupo de alumnos que se alegraba por una amenaza telefónica que los liberaba de horas de aburrimiento, sino que nos advertía sobre una sociedad que estaba empezando a aceptar de a poco, como norma, que estaba bien dejar de dar el cien por ciento de nuestro esfuerzo para conformarnos solamente con seguir adelante a los tumbos. Ahora es bien claro aquello en lo que nos convertimos, la arraigada mentalidad inerte que debemos cambiar.

Mis respetos, profesor allá en el cielo.
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