
Como en la Alegoría de la Caverna de Platón, somos ese hombre que no alcanza a ver las cosas tal cual son, sino como una sombra de la realidad proyectada en una pared. Hay otros rayos en el Sol, otros colores que no vemos en la luz, y es inquietante darnos cuenta de que todo alrededor hay un mundo invisible a nuestros sentidos. Pero el hombre de la caverna no conoce otra verdad, es incapaz de ver fuera de la cueva, y aunque pudiera hacerlo, quedaría sin dudas cegado por tanta luz e imposibilitado de reconocer la forma real de las cosas.

El Ojo que Todo lo Ve está presente en cualquier punto del Universo contemplando a la vez la partícula más ínfima y el conjunto de todo lo existente, conoce lo que había antes del inicio y lo que quedará luego del fin, y el punto exacto en el que termina el infinito. La sabiduría del absoluto está fuera de nuestra razón, y en cierto sentido es mejor así, porque no estamos preparados para absorber semejante cantidad de información, y el tener acceso a las respuestas no nos garantiza acabar con todas las preguntas. De igual forma que nuestros ojos saben mostrarnos únicamente lo que necesitamos ver sin cegarnos, nuestra paz mental está protegida también, gracias a Dios, con la ignorancia.
La ignorancia es felicidad, después de todo.
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